La poesía en tiempos de decepción y angustia

Por Daniel Díaz Mantilla

Cuando empieza a helar y a nevar

es cuando aprecio la pujanza perenne

del pino y el ciprés.

Chuang Tzu

Comprender el origen y el sentido de la vida, construir la imagen de los héroes para eternizar sus valores, aglutinar al pueblo en torno a una tradición; esas fueron, en los comienzos de la historia, las funciones de la poesía. Eso y dar testimonio de la belleza, del amor, de la luz que nos asiste en la experiencia cotidiana de vivir. Mucho ha cambiado desde entonces el mundo, y aunque algo de aquellas funciones iniciales persiste, pocas veces regala ya el poeta panegíricos o cantos dulces. Son tiempos de decepción y angustia, ha sido honda la crisis y tortuosos los caminos, y en los últimos siglos devino el poeta una suerte de vox clamantis in deserto, un ser maldito con cierto halo de misterio, lejos en su laberinto de signos que apenas venden o interesan. “¿Es eso poesía?”, duda el ciudadano común, ajeno a los códigos encabritados de la poesía actual. “¿Para qué sirve?”, preguntan impermeables el comerciante, el funcionario. Tal vez –aunque parezca obvio– conviene hablar sobre la utilidad de la poesía en el presente, pues suele suceder que cuando más superfluo nos resulta algo es cuando más lo necesitamos. Pero, simultáneamente, habría que ver en esas preguntas de apariencia tonta un síntoma, una señal: esa impermeabilidad, ese desinterés, son significativos.

Acaso en tiempos pragmáticos y raudos como este, saturado de ofertas y presiones, pierda en su ajetreo el hombre el silencio y la paz; acaso uniformado por la abrumadora diversidad de lo mismo, olvide la raíz de su sed y, en su locura, arranque de sí o tuerza cuanto de grande habita en él. Mas si así fuera, ¿cuánto de culpa habría que adjudicar a los poetas? Mucho ego ha engordado a la sombra de la poesía, mucho charlatán sonriente hincha su verso de vacuidad y, atento más a lo que recibe que a lo que ofrece, payasea y se hunde en el lodo, entre aplausos y premios. Mucho poema inocuo roba al lector su fe y a la poesía su lugar. Por eso quizás ese desinterés, ese recelo que despierta hoy en algunos.

Desde cierto punto de vista, la poesía es un sofisticado instrumento de observación y transformación. Su vínculo con la búsqueda del conocimiento y con los problemas humanos es indisoluble. Como aquella estrella que ilumina y mata, es a la vez veneno y cura, camino y casa, espejo del espíritu donde se muestra lo esencial, lo relevante. Si algún bien reporta, es por su capacidad de comunicar, de deshacer esquemas mentales y descubrir lo que esos esquemas esconden. Renovar el lenguaje y limpiarlo para que, como una lente, corrija la miopía, las aberraciones de nuestro mirar cotidiano, y ofrecer a nuestros ojos una perspectiva descontaminada, una profundidad reveladora, un ángulo desde el cual se vean con claridad el mundo y quien lo observa: ese es el fin y el verdadero valor de la poesía. Pues cuando las palabras se acumulan sobre su objeto sin penetrarlo, cuando en vez de revelar velan, la poesía se vuelve adorno o letanía, pierde su lustre y su filo, deja de ser; mas cuando el poeta pone en ella el alma, y ofrece a través de ella su verdad y sus tormentas, entonces se hace entraña y voz de quien la escucha. Nadie pregunta entonces para qué sirve, aunque hiera. Gandhi decía al respecto: “Las creaciones realmente bellas aparecen cuando surge la comprensión verdadera. Si estos momentos son raros en la vida, también son raros en las artes”. Así, aunque el cinismo al uso intente roer o atenuar el sentido de palabras como belleza y verdad, y el arte parezca en ocasiones renunciar a ellas, lo cierto es que el hombre no ha cambiado en lo fundamental y el ansia de verdad sigue siendo su motor.

En estos tiempos signados por la velocidad y la inquietud, por el asedio de la información irrelevante y sin exégesis, por el imperativo de poseer y fingir, cuando proliferan la arrogancia y la pobreza, y lo íntimo colapsa ante lo público, y lo invaluable se ofrece al regateo del mercado, y la astucia prevalece, ¿qué puede ofrecer la poesía que sea útil? Quizás poco: preguntas, imágenes más o menos precisas o fragmentarias de este absurdo en que habitamos, espejos, reflexiones, vislumbres de una mente y un corazón abiertos, gritos y silencios, breves remansos donde aliviar o comprender el dolor, alas y ocasionales detonantes, antídotos contra el desánimo o la credulidad, puertas hacia un espacio interior donde es posible todavía meditar, (di)sentir, juzgar el rumbo y los peligros que acechan… en fin, muy poco. Nada de cuanto puede ofrecer la poesía es suficiente, de nada sirve si el poeta recela de sus propias fuerzas y el lector se niega a pensar, a abrir los ojos. Son tiempos de decepción y angustia, tiempos difíciles como tantos otros anteriores, pero en tiempos como este –advertía Chuang Tzu– es cuando más se aprecia la constancia.

4 Comentarios en: La poesía en tiempos de decepción y angustia

  1. Yudarkis Veloz Sarduy dice:

    GRACIAS!!!

  2. Ana Margarita Valdés Castillo dice:

    Debo confesar que esta es mi primera comunicación con esta página, pero me siento agradablemente impresionada con su diseño y su contenido. Acabo de leer el artículo La poesía en tiempos de decepción y angustia. Reflexionando sobre el tema, precisamente después de la pasada Feria del Libro en Artemisa, y luego de un debate que allí se realizó y en el cual participé, tuve ideas que ahora se confirman al encontrar en las palabras del autor mis propias convicciones. Ese otro lenguaje, ese otro código con el que el poeta se comunica es, finalmente, el conocimiento; la vía para “tocar” lo absoluto. Esa “profundidad reveladora” a la que se refiere Daniel Díaz Mantilla, solo puede lograrse en el ámbito poético donde no existe cabida para la mera y fría información. El hombre comprende y conoce allí donde la palabra emociona y estremece. Esa es la esencia de la poesía.
    Gracias por permitirme escribir mi opinión.

  3. Isván M. Cano Hidalgo (http://isvancano NULL.blogspot NULL.com) dice:

    Le felicito Daniel por tan excelente artículo. En pocos párrafos resume magistralmente el estado en que se encuentra la poesía en estos “tiempos pragmáticos y raudos”. Pero seamos pinos y cipreses y sigamos intentándolo, como usted mismo sugiere en su artículo. Muchas gracias!!!

  4. Rafael Sarmiento dice:

    Comparto su opinión, más cuando se libra una batalla por el idioma, la poecía, ha de encender corazones y con esa luz iluminar los tiempos nuevos. Cuantos títulos se
    añejan el las librerías por las razones que usted comenta y cuantos dejan de publicarse por lo mismo, a veces pienso que los poetas escriben para sí y para un pequeño círculo de elejidos, lo bello no tiene que ser obligadamente hermético o abstracto, con códigos
    que muchas veces solo conoce el autor, en fin, que si necesitamos de la poesía, pero de una que llegue a las masas, como las de Martí, Lorca, Benedetti y por qué no Buesa. Gracias por permitirme opinar y muchas gracias por su artículo.

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